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Sep 09/2019

Cómo durar más en la intimidad: ¡pon atención!

¿Cuánto dura el sexo? Depende de a quién le preguntes. Si le preguntas a Roberto, el ligue de Tinder o Grindr que te quiere coger, probablemente te responda que puede llegar a durar varias horas, hasta dejarte, como mínimo, con el cuerpo al borde del colapso. 

En cambio, si le preguntas a las varias científicas y científicos que han investigado desde hace décadas sobre el tiempo promedio del coito, te dirán que lo más seguro es que Roberto nomás te ande haciendo promesas vacuas y vaya a eyacular en menos de diez minutos —además de dedicarle apenas unos segundos más o unos segundos menos al faje, mal llamado juego previo—. 

Lo cierto es que es común que la mayoría de los hombres aguantamos poco, y con “poco” me refiero a no tanto como quisiéramos. A la mayoría de los hombres nos gustaría durar mucho cogiendo. 

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¿Qué tanto es tantito al hablar de sexo?

Pero, ¿cuánto tiempo es mucho? No hay una medida exacta y, en realidad, es imposible que exista, aunque algo se haya intentado medir. 

La duración del sexo se compone, por lo menos, de dos tiempos:

  • Tiempo social, que es el del reloj, el de las científicas y los científicos, el que dice que el sexo debe durar horas para ser sexo, el que nombra a los encuentros menores a 10 minutos como rapidines y los mayores a una hora como maratónicos.
  • Tiempo relacional, que es el tiempo que pierde la noción del tiempo, el que se construye entre las dos o más personas que se están compartiendo, el que piensa que el mundo se detuvo en el momento más explosivo del orgasmo, el que inyecta de adrenalina a un encuentro en donde hay que apurarse para no ser descubiertos, el que llegamos a olvidar toda la noche y no volvemos a recordar hasta que la primera estela de luz del sol ilumina la habitación y nos avisa del amanecer.

De machismo, Patriarcado y ansiedad 

Un problema que nos ocurre con frecuencia a la mayoría de los hombres —y en realidad, me atrevería a suponer que a la mayoría de las personas— es que nos dejamos llevar demasiado por el tiempo social, construido por el Patriarcado, y nos olvidamos del tiempo relacional, construido por la magia propia del encuentro. 

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El machismo nos educó para creer que todo encuentro sexual es una conquista y que a los cuerpos, como a los territorios capturados, hay que poseerlos el mayor tiempo que nos sea posible. 

Esto, como lo ha sabido cualquier imperio en la historia, supone un montón de ansiedad, pues el territorio conquistado podría perderse en cualquier momento. El fracaso demostraría que uno, quizás, no es “tan hombre” como quisiera, y la ansiedad, sabemos bien, puede llevarnos a traicionar nuestras expectativas. 

Hitler quería un Reich que durara mil años y apenas le duró doce; Roberto quisiera encuentros de cien minutos pero apenas llega a tres. La conquista no es un buen proyecto ni en la geopolítica ni en la cama.

El objetivo máximo es el orgasmo: ¿de verdad?

La eyaculación precoz no sólo se alimenta del miedo por durar poco, sino también de nuestras ansias por llegar al orgasmo como meta última del sexo. 

Para muchos hombres, el orgasmo es el único momento en que de verdad sentimos, la única parte del sexo en la que nos abandonamos, con todos nuestros sentidos, al disfrute. 

Somos adictos a la eyaculación: nos encanta verla en el porno, nos masturbamos frenéticamente para llegar a ella y la deseamos ansiosa y constantemente. 

Pero por bien que se sientan los orgasmos, deberíamos poder coincidir en que considerar a la eyaculación como meta última de la sexualidad masculina es ponerle una vara muy baja al placer

“Cómo durar más en la intimidad” es una búsqueda común en Google, pero esa no es la pregunta adecuada. No deberíamos estarnos preguntando cómo retrasar el orgasmo, sino, más bien, cómo aprender a disfrutar todo lo que existe antes de él.

El fantasma de la eyaculación precoz

Esta forma de entender el sexo produce una paradoja: por un lado, quisiéramos que el espacio entre el primer momento de la penetración y el orgasmo fuera amplio; por otro, todo lo que hacemos durante el sexo es apenas un medio para llegar al orgasmo. 

Si cada que besamos a alguien estamos esperando el momento de terminar, si nuestros hábitos de masturbación se reducen a ver un par de minutos de porno antes de irnos a la escuela o al trabajo; si nunca nos permitimos erotizar otras partes de nuestro cuerpo además de nuestro pene; si el único placer que aprendemos a reconocer es el del momento exacto del orgasmo y no el que se vive en cada instante del encuentro; entonces no debería sorprendernos la brevedad de la penetración

La eyaculación precoz es, en buena medida, un reflejo condicionado por la forma en que entendemos el tiempo y el sexo.

Si queremos aprender a disfrutar más del sexo es necesario comenzar a cuestionar todas nuestras preconcepciones sobre él. 

Si la eyaculación precoz nos está evidenciando la ansiedad sexual y performativa con la que vivimos los hombres de forma crónica habría que desmontar la manera en que hemos introyectado y entendido la sexualidad y al tiempo según el Patriarcado.

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¡ALV el sexo patriarcal!

El tiempo social y patriarcal del coito podrían dejar de tener tanta importancia, al punto de que podríamos pensar en una eyaculación cuyo momento de llegada importa poco, porque lo que ha dejado de tener tanta importancia de fondo es la propia eyaculación. 

El cuerpo entero podría ser erotizado y disfrutado sin las prisas de llevar la atención exclusivamente al pene. El orgasmo llegaría porque se desea, no porque se ansía. 

La presión por terminar muy pronto o muy tarde no existiría porque el disfrute del encuentro se centraría no en su final sino, precisamente, en el encuentro

O como dice T.S. Eliot en Burnt Norton

“En el punto inmóvil del mundo que gira:

Ni carne ni ausencia de carne, ni desde ni hacia.

En el punto inmóvil: allí está la danza.”

¿Cuánto tiempo debe durar el sexo? Lo que dure la danza.