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Sep 19/2019

¡Bolillos para todos! Esto es lo que pasa con tu cuerpo y tu cerebro cuando tiembla

Pues ya me tocó: a los 12 días de mudarme a la CDMX, tembló. Magnitud 2.9. Epicentro: Álvaro Obregón. Alerta sísmica: inexistente. Sensación: sacudida momentánea, como si el edificio fuera un gigante con alergias incapaz de contener un estornudo. Susto: controlado, pero prolongado.

Los sismos son el terror invisible del centro del país. Y no es para menos: después del 19S he presenciado cómo la gente que lo experimentó revive una suerte de estrés postraumático cada que siente movimiento bajo sus pies. 

En ocasiones no pasa de un susto momentáneo y el agridulce recordatorio de que eres un sobreviviente de un desastre natural. En otras, la reacción física y emocional será más angustiante. 

Te interesa: ¿Por qué hay sismos con epicentro en la CDMX?

Por eso quise elaborar algunos consejos breves para manejar las emociones de angustia y terror durante los temblores por venir.

Prepárate

La mejor forma de enfrentarte a una situación de riesgo es anticiparla. 

Arma una mochila de seguridad, procura tener tu celular con batería y números de emergencia a la mano. 

También es importante que tengas ubicadas las salidas de emergencia del lugar en el que estés y, si te es posible, descargar una app que te avise cuando haya un sismo. 

Sobre todo —y esto quizás sea una obviedad, pero hay que mencionarlo—, recuerda que México es un país en el que tiembla constantemente. Reconocer con calma la existencia de peligro es el primer paso necesario para enfrentarlo.

Lee: Estos son los alimentos que debes incluir en tu mochila de emergencia

Conoce lo que te ocurre

Cuando tiembla, tu cuerpo se coloca en un estado primario de reacción ante el peligro, conocido como reacción de lucha o huidafight or flight—

Básicamente, tu sistema nervioso simpático estimulará tus glándulas adrenales, provocando la segregación de adrenalina y noradrenalina. 

Esto, a su vez, aumentará tu ritmo cardiaco, tu presión arterial y la velocidad de tu respiración

La sangre de tu cuerpo se dirigirá hacia tus extremidades y dejará de estar tan presente en tu cerebro y estómago; perderás el hambre y tu pensamiento se hará confuso. Tus músculos se pondrán tensos y es posible que tiemblen.

Suena terrible, ¿no?

Pues no lo es. De hecho, esta respuesta es un súper poder: cuando se activa corres más rápido, brincas más lejos y peleas más fuerte que nunca. Biológicamente hablando, el estrés es una de nuestras mejores armas contra el peligro.

Sin embargo, hay un detalle con el estrés: tarda mucho en desaparecer.

Puede que la situación que la dispare sea corta —digamos, los 5 segundos que el piso se sacude—, pero tu cuerpo se mantendrá en este estado ¡entre 20 y 60 minutos más! Revivir recuerdos, traumas o terrores no trabajados del 19s puede alargar este estado de alerta y ansiedad. 

Es conveniente recordar que, aunque se siente horrible, la reacción de lucha o huida es necesaria para la sobrevivencia; y, aunque se sienta eterna, en algún momento va a terminar. 

Sólo es una reacción química: la ansiedad que sentimos es nuestro propio cuerpo protegiéndonos

Evalúa

Imagina la siguiente escena: un ninja en una misión secreta entra a un cuarto donde es emboscado por decenas de enemigos. Lucha y los derrota a todos. 

Entonces, el ninja tiene que tomar una decisión: mantenerse en posición de combate esperando otro ataque sorpresa, o guardar sus armas, regresar a su posición de avance y sigilo y continuar con su misión. 

Mantenerse alerta podría ayudarle a sobrevivir un ataque, pero si pasa demasiado tiempo así, solo se agotará en vano. Su cabeza deberá estar concentrada en evaluar el peligro, para saber cuál es el momento de descansar.

Después de un sismo ocurre algo similar. Por desgracia, los malditos no suelen venir aislados, sino que vienen con sus réplicas, a las que vale la pena anticiparse. 

Este tiempo de espera puede llevarse mucho mejor si te preparas: aprovecha el subidón de energía para poner a cargar tu celular, verificar que tengas cerca tu mochila de emergencia, ponerte en contacto con seres queridos, etc.

Pero en algún momento tendremos que saber soltar las armas y regresar a la realidad. Y para cuando llegue…

Respira

Durante una reacción de huida o lucha, tu respiración se volverá rápida y corta.

Durante un periodo corto de tiempo eso está bien, porque estresará al cuerpo lo suficiente para reaccionar con velocidad y fuerza. 

Pero si se prolonga demasiado, tu propia respiración puede provocarte una falta de oxígeno en el cerebro, lo que derivará en un estado de pánico

Si no me crees haz el experimento: abre la boca y respira en bocanadas fuertes y rápidas durante un par de minutos. 

Te vas a angustiar a lo tarado nomás porque alguien en internet te dijo que lo hicieras, pero podrás vivir con la satisfacción de que eres capaz de llevar tu cuerpo a cualquier límite con tal de probar un punto. Quizás de eso se trate el espíritu científico, después de todo. 

Cuando necesites tranquilizarte, concéntrate primero en controlar tu respiración.

Inhala despacio, sostén el aire durante unos segundos, exhala lo más lento que puedas. Al inicio será difícil, pero conforme lo vayas haciendo tu cuerpo se relajará.

Prueba un esquema de 4-4-4: cuatro segundos inhalando, 4 sosteniendo, 4 exhalando. Y así hasta que puedas controlar sin dificultades tu respiración y te sientas mejor.

Te recomendamos este video. Son 10 minutos de puro inhalar-exhalar-inhalar-exhalar:

Reconoce qué sientes

Mientras respiras, concéntrate en lo que sientes corporalmente.

Puede que te duelan algunos músculos como consecuencia de la tensión prolongada o que tus manos tiemblen; puede que sientas mareo, que tengas ganas de llorar, o que pierdas el apetito y el sueño.

La sensación de intranquilidad es, en buena medida, química, y no hay que dejarse llevar por ella, sino reconocerla e intentar calmarla con comprensión, paciencia y ternura.

Dimensiona

El miedo y la ansiedad producen pensamientos catastróficos, y estos, a su vez, alimentarán el miedo y la ansiedad.

Yo llamo a esto el “círculo vicioso del tlacuache”, porque si voy a entrar en pánico, al menos quiero imaginar que lo hago con la elegancia de un bello marsupial

El círculo vicioso del tlacuache puede ser confrontado de varias formas. Una de ellas es la respiración. Otra es dimensionar: ubica dónde estás, reconoce el peligro real en el que te encuentres y los recursos que tienes para enfrentarlo. 

Además, trata de evitar el pánico colectivo. Luego pasa que tiembla y nuestros grupos de WhatsApp y timelines de Twitter y Facebook se llenan de comentarios y publicaciones.

Si ya verificaste que las personas cercanas a ti estén bien —y si no estás perreando con ella— ¡salte!

Lo más seguro es que leer las reacciones de otras personas te provoquen más angustia que otra cosa. Entrar a Twitter queriéndote tranquilizar después de un temblor es como entrar a un concierto de Bad Bunny queriendo dormir, sólo que sin el concierto, ni Bad Bunny, ni perreo hasta el piso, pero sí con un montón de gente nerviosa gritando opiniones sin mucho fundamento y soltando teorías de conspiración.

O sea: no tendrás una buena experiencia si lo que quieres es calma.

Consuela y pide consuelo

Es de valientes pedir ayuda cuando tenemos miedo. Y es de valientes ofrecerla. ¿Y saben que es lo mejor? Que la valentía es más fuerte y más viva cuando se vive en comunidad.

Abraza, llora, haz piojito, ríe, apapacha, consuela y déjate consolar.  

Así merito.

Al final, recuerda: sobreviviste

A los 12 días de haberme venido a vivir a la CDMX, tembló.

En mi flamante solipsismo no pude evitar sentir como si la ciudad me estuviera saludando y amenazando al mismo tiempo, como recordándome que lo mismo es capaz de acogerme que de escupirme, de abrazarme que de matarme. 

A la mañana siguiente, busqué un libro, 24 horas de comida en la Ciudad de México” de Alonso Ruvalcaba.

Página 114:

“Peor: la ciudad tiembla. ninguna amenaza se cierne bajo la ciudad como sus temblores. El cálculo folclórico considera que en la vida de cada individuo que hace suya la ciudad hay al menos cuatro grandes terremotos: al menos cuatro posibilidades de morir demolido bajo un montón de escombros corruptos. Pero el chilango es habilidoso para ocultarse a sí mismo esa verdad. Cada vez que tiembla más allá de los 7 grados, el chilango sobreviviente resetea el reloj del desastre y se da en automático otros quince-veinte años de vida. Existe una extraña necedad en los habitantes del DF. Se niegan a buscar un mejor sitio. Esa negación se llama alternativamente parsimonia, resignación, ataduras, raíces”.

Ciertamente, acaso vivir en la CDMX sea una necedad. Pero aquí estamos y aquí vamos a seguir, al menos un rato.

Y mientras así sea, pienso que es sensato temerle a las fuerzas devastadoras de la naturaleza, que cualquier día nos convierten en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Pero también, después de la sacudida, cuando el peligro se sienta lejano nuevamente y sea momento de regresar a la necesaria ficción de la tranquilidad que ofrece la cotidianidad, es sensato pensar: “sí, cualquier día esta ciudad me podría matar. Pero hoy no fue ese día. Ámonos a dormir”.