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Ene 15/2020

Hombres, los juguetes sexuales no tienen por qué intimidarnos

Fotos: We Vibe, Satisfye y Unsplash

Quiero hablar sobre juguetes sexuales. Así que, para comenzar este texto, propondré que imaginemos una de las creaciones humanas que más placer nos ha dado como especie: el taco.

Si el taco está bien hecho, puede ser delicioso por sí mismo.

Sin embargo, si pudieran echarle salsa para agregarle un nuevo sabor, lo harían, ¿no? Eso no lastimaría la esencia del taco, ni mermaría lo rico del guisado. Al contrario: el picor, la textura o sabor de la salsa agregarían sazón.

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Con la salsa, el taco se transformaría en otra cosa: otro platillo, otra experiencia, en muchas ocasiones más placentera.

Como sabemos, haber probado un taco con salsa no se traduce en que dejemos de valorar aquellos que no la llevan, porque son cosas distintas. Y así podemos variar de guisados y de salsas hasta saborear tantas variaciones de tacos posibles como la imaginación nos lo permita.

Ahora sí, hablemos de sexo. En específico, de juguetes sexuales.

Hay una pregunta que muchas mujeres me han hecho: “¿Cómo le hago para que mi novio no se sienta intimidado por mis juguetes sexuales (usualmente dildos, vibradores o succionadores de clítoris)?”.

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Analicemos el miedo.

A los hombres se nos ha dicho toda la vida que todo nuestro potencial para el placer sexual está en el pene, y que este debería tener un tamaño imposible, una fuerza imposible, una potencia imposible.

Se nos enseñó, además, que deberíamos ser capaces de llevar a nuestras parejas al orgasmo solamente con la penetración: el placer condicionado a tener un pene dentro del cuerpo y nada más.

¿Cómo aprendimos esto? A través de la pornografía centrada en el placer del hombre y en la penetración; la mala educación sexual que no nos enseñó las realidades sobre la anatomía y el placer, las anécdotas falsas que otros hombres contaban para vendernos la idea de que ellos eran los machos alfa, la desbordada publicidad para la disfunción eréctil, entre otras cosas.

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Pero esto es falso. Sabemos que es el clítoris, y no la vagina, el principal órgano de placer sexual del cuerpo de las mujeres —o de cualquier persona con vulva—. Sabemos que la vagina tiene muy pocas terminaciones nerviosas de placer y que éstas sólo se encuentran en el primer tercio de la cavidad —apenas unos 5 a 7cm—.

Sabemos que la mayoría de las mujeres llegan al orgasmo con prácticas como la masturbación y el sexo oral, en vez de por la penetración.

Sabemos, incluso, que cuando hay orgasmo por penetración este se debe a la estimulación indirecta del clítoris. Es decir: nuestros penes son completamente prescindibles para garantizar el placer, aunque se nos haya enseñado otra cosa.

Entender esto puede ser muy incómodo y desolador para muchos hombres.

Básicamente, toda la vida se nos ha dicho: “debes ser capaz de darle el MÁXIMO placer sexual a tus parejas exclusivamente con tu pene y, de no conseguirlo, no tendrás valor como hombre”. Es un mensaje brutal.

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Por eso creo que los juguetes sexuales pueden ser intimidantes y pueden llegar a sentirse como un reemplazo, un recordatorio permanente de que le fallamos al mandato de nuestra masculinidad. Pero esto también es falso.

La realidad es otra, y no tendríamos que enojarnos con ella, sino con la educación sexual falaz y machista que recibimos (que, hay que tenerlo presente, afecta muchísimo más a las mujeres).

Es decir, no creo que el miedo a los juguetes sexuales sea una cuestión irracional.

Entiendo que para muchas personas pueda ser risible y está bien —francamente, si una mujer quiere hacer chistes sobre la fragilidad de nuestro ego después de haber tenido que sufrir en carne propia las consecuencias de la misma, creo que es totalmente entendible—, pero quiero ofrecer una narrativa alternativa, una que ofrezca otra pedagogía y una conciliación. ç

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Que nuestros penes no sean imprescindibles para el placer de nuestras parejas no tendría que ser una mala cosa. Al contrario: ¡Qué alivio! Eso significa que podemos erotizar nuestros cuerpos enteros y recorrerlos con caricias o besos como si fueran territorios a ser explorados.

La penetración no tendría que ser la práctica de mayor relevancia y podríamos saltar de caricias a besos a coito o lo que queramos en una danza armónica e improvisada.

El orgasmo no sería una coincidencia o una meta, sino el lúdico resultado de un juego, una sincronía, una conversación.

La disfunción eréctil o la eyaculación precoz no tendrían por qué significar el fracaso de nuestra masculinidad sino serían simples inconvenientes a resolver con pausa, con respiraciones, con caricias, con ternura, con paciencia.

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De eso se trata la desgenitalización de la sexualidad: hacerla más flexible, más versátil, más libre.

Y con esto en mente, podríamos perderle el miedo a los juguetes sexuales de nuestras parejas. Porque hay una realidad: los juguetes sexuales se sienten bien.

Otra realidad: muchos de ellos tienen la capacidad de hacer sentir cosas que nuestros cuerpos jamás podrían. Para eso están hechos. El día que nuestros penes puedan vibrar o succionar un clítoris nos ponemos a competir. Hasta ese entonces, solo queda aceptarlo.

Y eso no está mal. Los juguetes sexuales son tecnología del placer y esa tecnología no es amenaza, sino alivio.

No te centres en tu miedo, sino en el placer de tu pareja.

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Los juguetes podrían traer mayor estimulación que podría hacer que ella sintiera más placer y, en ocasiones, podrían incluso ser la única vía o una vía más rápida para el orgasmo. ¿Y qué no es el placer mutuo una de las razones por las que tenemos sexo? ¿Qué no procurar el orgasmo de la persona a la que deseamos es una forma de demostrarle ese deseo? ¿Qué no cuidar el placer de la persona a la que amamos es una forma de demostrarle amor?

Querer que ese placer provenga exclusivamente de ti, de tu cuerpo, de tu pene, cuando ella podría obtenerlo también a través de otros objetos u otras experiencias, solo es querer que tu pareja tenga placer si tú se lo das. Es querer condicionar el placer de tu pareja a tu pene. Y eso sí es puro egoísmo.

Si a tu pareja le gusta usar juguetes sexuales no está reemplazando a tu pene.

¿Qué no pueden hacer los juguetes sexuales? Un vibrador no puede abrazar. Un succionador de clítoris no ofrece escucha empática. Un dildo no cuenta chistes. Tampoco tu pene puede hacerlo, pa’l caso. Pero tú sí.

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Es decir, tu pareja no tiene sexo contigo solo por tu pene, también lo hace por las caricias, la intimidad, la confianza, el cariño, la emoción, etc.

El sexo es más que los genitales porque las personas somos más que nuestros genitales.

Es decir: un juguete, incluso si proporciona muchísimo placer, nunca podrá servir como reemplazo de una persona. Si así fuera, créanme, las relaciones heterosexuales se habrían extinguido hace muchísimo tiempo. Es más, el sueño conservador del sexo sólo para fines reproductivos se hubiera hecho realidad.

No temas a los juguetes sexuales: abrázalos (literalmente abraza un dildo, hazlo solo por decir que lo hiciste, entrégate al absurdo de la existencia).

De entrada, porque si tu pareja y tú así lo decidieran, el juguete podría ser usado durante el sexo para crear nuevas prácticas, nuevas experiencias, nuevos orgasmos, nuevas formas de sentir placer.

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Pero si no, sea porque no te agrade la idea, o sea porque tu pareja no lo deseé —lo cual es completamente respetable, en medida de que es su juguete y su cuerpo—, tampoco debería ser motivo de conflicto.

Recuerda: tu pareja es una persona con sexualidad propia y es válido que quiera masturbarse con lo se le antoje, contigo o sin ti. Esa decisión le concierne a ella y solo a ella.

De eso se trata reconocer a la otra persona justo como otra persona: de entender que no todo lo que haga será para satisfacer tus deseos o tranquilizar tus ansiedades. Es su cuerpo y es su decisión.

Puedes sentir miedo a los juguetes sexuales y está bien. De nuevo: no es algo irracional. Pero actuar sobre ese miedo limitando a tu pareja no puede ser justificado de ninguna manera: eso es violencia machista y ninguna otra cosa.

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Volvamos al taco, pero sin hablar de tacos sino de sexo: si el sexo está bien hecho, puede ser delicioso por sí mismo.

Sin embargo, si pudieran incluir un juguete para agregarle una nueva sensación, lo harían, ¿no? Eso no lastimaría la esencia de la relación sexual, ni mermaría lo rico del acto. Al contrario: la textura, la forma o las vibraciones del juguete agregarían placer.

Con el juguete, el sexo se transformaría en otra cosa, otra experiencia, en muchas ocasiones, más placentera. Como probablemente intuyen, haber probado el sexo con juguetes sexuales no se traduce en que dejemos de valorar el sexo sin ellos, porque son cosas distintas. Y así podemos variar de prácticas y de juguetes hasta experimentar tantas variaciones de sexo posibles como la imaginación nos lo permita.

Así que si eres hombre heterosexual o bisexual y tu pareja quiere usar un juguete sexual, sea para masturbarse, sea porque le ayuda a llegar al orgasmo o sea simplemente para sentir más placer, no tengas miedo: los juguetes sexuales son tus aliados, no tus enemigos.

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