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Sep 22/2020

El abrazo, la encueración y más: 4 puntos para reconectar con tu pareja

Foto: Priscilla Du Preez / Unsplash

La intimidad se trata de sostener la tensión que produce la vulnerabilidad compartida. Las experiencias que la generan usualmente se tratan de aligerar una carga y hacer una renuncia: soltar la ropa para desnudar el cuerpo, soltar la vergüenza para confesar un secreto, liberar la nostalgia para narrar un recuerdo, abandonar la angustia para compartir el tiempo.

La intimidad implica abrir la caja de pandora de nuestra fragilidad y dejarla ahí, expuesta, confiando en que la otra persona la sostendrá cálidamente en sus brazos y no la aplastará con violencia.

Ante todo, la intimidad es un acto de valentía.

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La intimidad es riesgo

De ahí que la intimidad nos pueda llenar de terror. Existe un mito: la intimidad se construye con el tiempo.

Cualquier persona que haya tenido una de esas conversaciones donde terminas confesando lo inconfesable a una persona desconocida puede saber que esto es falso: la intimidad requiere, más bien, la complicidad de la transgresión.

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Tú sabes que estás a punto de cruzar un límite, la otra persona también y se tiran al vacío, esperando encontrarse del otro lado.

Y no es raro que la vida nos ponga enfrente situaciones que nos hagan perder esa voluntad de saltar, por el riesgo que implica. Y sin esa voluntad, se pierde la intimidad. 

Pero no todo está perdido.

La clave: volver a ser vulnerables

Algo que podemos hacer si deseamos recuperar el sentido de intimidad con nuestra pareja es generar situaciones que nos coloquen en una situación de vulnerabilidad compartida.

De hecho, todos esos primeros encuentros sexuales, confesiones, conversaciones larguísimas, etc, que solemos tener cuando iniciamos una relación no son otra cosa que eso: crear espacio para la intimidad.

Hay tantas variaciones de esto como personas y parejas en el mundo, pero aquí sugiero cuatro prácticas que se pueden hacer con la pareja para volver a sentir esa vulnerabilidad, para poder dar ese salto de fe:

Desnúdale

Desnuda a tu pareja con lentitud y calma, sin que ella, él o elle haga nada.

De pie, en una silla o en la cama: quien desnude debe concentrarse en redescubrir el cuerpo de la otra persona: con tacto, con besos, con caricias; se trata de volver a explorar un territorio conocido y encontrar qué hay de nuevo en él, qué puede volver a amarse, qué se puede volver a desear.

La persona siendo desnudada debe concentrar su atención en su piel, en las caricias, en las sensaciones que recibe y las emociones que se despiertan.

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Para algunas personas, la desnudez compartida suele funcionar como un pequeño escudo para protegernos de nuestras inseguridades corporales y, por lo tanto, no será raro que emerjan durante esta actividad.

Si aparecen, esta puede ser una buena práctica para compartirlas y permitirse el cuidado y la mirada deseante y tierna de la otra persona. 

Dense placer sin reciprocidad

La norma de las interacciones sexuales es que sean recíprocas: casi siempre, damos placer al tiempo que recibimos placer.

La intención es darle un giro a esto: darle placer a la otra persona sin buscar recibirlo de regreso.

Aunque para algunas personas y parejas esto pueda resultar muy natural, habrá otras para las que resulte un verdadero reto: del mismo modo en que la desnudez compartida suele proteger de inseguridades, el placer recíproco también suele proteger de lo que implica ser el centro de atención de una práctica erótica.

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Una de las posibles ganancias de esta actividad es la del conocimiento propio y de la pareja: comunicar “quisiera que hicieras esto”, “preferiría que hicieras esto otro”, “sigue así”, “más fuerte”, “más despacio”, “más arriba”, “más abajo”, entre otras expresiones e indicaciones, mientras toda tu atención está puesta justo en poder leer tu cuerpo para enunciarlas o poder leer el de la otra persona para recibirlas y anticiparlas.

Esta es una práctica de erotismo y de cuidado.

Restricción de sentidos

Lo mismo que las primeras dos prácticas, pero con una posible variante: la restricción de algún sentido, sobre todo restricción de movimiento o vendarse los ojos.

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Por supuesto, y como en todo, es importantísimo comunicarse mucho antes de restringir movimiento, de modo que se puedan tener todas las condiciones necesarias para que se pueda realizar la práctica con deseo y seguridad. 

Dos consideraciones importantes: la primera, tener una “palabra de seguridad” que les permita detener la actividad de inmediato (por ejemplo, yo digo “rojo” y en ese momento se liberan los sentidos), y la segunda, hacer algún tipo de ritual al finalizar que permita recuperar la tranquilidad después de lo que podría ser un ejercicio muy vulnerante.

El ritual puede ser un masaje, un intercambio de palabras lindas, una sesión prolongada de besos o un abrazo prolongado: lo que a ustedes les funcione y lo que ustedes necesiten.

Sostengan el contacto (mirándose a los ojos o dándose un abrazo)

Sabemos que las personas enamoradas pasan largos periodos abrazándose o mirándose a los ojos.

Al sostener ese contacto, sus cuerpos segregan oxitocina, una hormona encargada, entre otras cosas, de generar la sensación de conexión e intimidad con otra persona. Sin embargo, estos encuentros de tacto prolongado se suelen perder con el tiempo.

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La sugerencia es: retómenlos.

Dense un abrazo largo, tanto que transiten de la cercanía a la incomodidad y vean qué hay después de eso. Mírense a los ojos. Observen sus emociones: ¿Hay risa nerviosa? ¿Hay culpa? ¿Hay vergüenza? ¿Hay tristeza? ¿Hay amor?

El objetivo de todas estas propuestas es explorar, redescubrirse en la intimidad y llenarse nuevamente de sorpresa, fascinación y curiosidad por ese diálogo en constante actualización que es la sexualidad compartida. 

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