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Abr 21/2022

La montaña rusa del TDAH: ¿cómo se siente? ¿hay síntomas? ¿quién me diagnostica?

Ilustración: Alejandro Santivañez | @alexso.1

La primera vez que pensé que podría tener Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) fue estudiando psicología, en 2013.

Sabrá la diosa qué habré escuchado en la clase, pero recuerdo la sensación de mi cuerpo cimbrado por lo mucho que la descripción del diagnóstico había resonado en mí. Al final de la sesión, me acerqué a ella para decirle lo que sentí y rápidamente respondió: “Tú no tienes TDAH, tú sales bien en la escuela”.

(La maestra posiblemente creía eso porque no me conoció en primero de primaria, cuando no me dejaban salir a recreo porque no tenía buena caligrafía. O cuando me corrieron de la escuela en segundo de secundaria porque no pude respetar el reglamento del uniforme. Bueno, y porque reprobé varias materias y se rumoraba que consumía drogas. O cuando casi me corren nuevamente en tercero. O cuando tuve que tomar clases particulares de física en bachillerato porque no entendía nada. O cuando no me dejaron regresar a mi primer servicio becario en la universidad porque se me ocurrió pedir que me dieran más chamba pues se me hacía muy aburrido).

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(Les pido que me entiendan: qué flojera escribir bien, se pierde demasiado tiempo en eso).

(Ah, y los rumores eran ciertos. Tiempo después una psiquiatra me preguntaría por qué consumí tan joven, supongo que esperando que le respondiera que para dormir el dolor del divorcio de mis padres o algo así. Quizás era eso o quizás no, pero lo que le respondí fue: porque estaba aburrido. Era así de simple).

Fast forward a verano de 2020: la pandemia estaba en su albor y yo tuve un ataque de pánico mientras lavaba la ropa.  No hay manera decorosa de decirlo, pero es lo que pasó.

La crisis me dejó en un estado que no conocía: era como si yo hubiera dejado de ser dueño de mi mente. Perdí la oferta de un libro (uno que me hubiera gustado mucho escribir), así como una propuesta para un podcast (uno que me hubiera gustado mucho hacer).

Sentía que me iba a volver loco o que quizás ya lo estaba.

Y en eso, no recuerdo ni por qué (no recuerdo muchas cosas de esa época [y en general no diría que recuerdo muchas cosas de la vida]), se me ocurrió leer Scattered Minds, de Gabor Maté, un libro sobre déficit de atención.

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Y cambió mi vida.

(No me autodiagnostiqué, por cierto. O bueno, sí lo hice [estaba muy emocionado, ustedes me disculparán nuevamente] pero luego fui a consulta psiquiátrica y ya recibí un diagnóstico formal).

Recibir un diagnóstico es una experiencia vertiginosa: cuestionas algo que no sabías que podía cuestionarse porque no sabías ni siquiera que existía.

Por un lado, el alivio: por fin tengo una respuesta para todas estas preguntas que me dolieron por años. Por otro, la preocupación: ¿Qué significa esto?, ¿Qué puedo hacer ahora? Además, la tristeza: el súbito recuento de todas las oportunidades que perdí porque mi cerebro no funciona como debería, todos los dolores acumulados, todos los años de sentirme incompleto. Y en medio de todo, una pregunta clavada en el pecho: ¿Cómo es que pasé tanto tiempo sin saber esto?

(Hace no mucho le pregunté a mi mamá si recordaba alguna anécdota o comportamiento de cuando era niño que, a la luz de mi diagnóstico, le hiciera pensar “aaah, mira, ahí estaban las red flags”. Supongo que esperaba una respuesta divertida, “Ah mira, no eras tan flojo como yo creía” o “Con razón siempre te distraías cuando pasaba la mosca” o qué sé yo. Lo que me dijo fue: “Cuando eras niño, muchas veces sentí que no te entendía, que me pedías cosas que no sabía cómo entregarte, que rebasabas mis niveles de energía. Sentía que te fallaba, pensaba que era mala madre”).

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(No me fallaste. Nunca lo hiciste. Sólo estabas intentando domesticar un cerebro que resultó ser más feral de lo que esperabas. Y las cosas no salieron tan mal. Por ejemplo: por el esfuerzo que hiciste por mí, ahora puedo hilar dos oraciones seguidas para escribir este texto).

(No sé si diría que están bien hiladas, pero hey, algo es algo).

(Nomás no me pidas escribirlas a mano porque no le vas a entender).

¿En qué estábamos? Así, el TDAH  en adultos. A ver.

El TDAH se define por tres características principales:

  1. Pobre capacidad de atención.
  2. Falta de control de impulsos.
  3. Hiperactividad.

Como sugiere Gabor Maté, el TDAH puede considerarse un trastorno de la autorregulación. Es decir, no regulamos nuestra capacidad para sostener la atención, nuestra capacidad para manejar nuestros impulsos (particularmente durante momentos de emocionalidad intensa) o nuestra capacidad para dirigir y gestionar nuestra energía.

El resultado es, como sugiere Gina Pera en Is it You, Me or Adult A.D.D?, una vida que asemeja una suerte de montaña rusa.

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Para muchas personas con TDAH, la única constante en la vida es la inconstancia: iniciamos proyectos que nunca terminamos, padecemos cambios de humor súbitos e incontrolables, tenemos sensibilidades físicas que son difíciles de explicar y comprender, podemos parecer una persona en la mañana y otra completamente distinta en la noche.

Aunque existen ciertos rasgos en común, lo cierto es que la montaña rusa de cada persona está trazada de maneras distintas (la mía es como La Medusa de Six Flags cuando todavía era de madera: ¿a quién se le ocurrió construir eso, dios mío?).

Como sugieren Hallowell y Ratey en Driven to Distraction, el TDAH es un trastorno de dimensión, no de categoría. Es decir: existe en un espectro (o en múltiples, en realidad).

Para algunas personas, el TDAH será absolutamente incapacitante: perderán trabajos, no podrán gestionar relaciones, desarrollarán alguna adicción sin saber que se están automedicando.

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Para otras, los rasgos del TDAH serán una bendición disfrazada: se hiperconcentrarán en actividades que aman, destacarán en sus profesiones por su energía u originalidad, tendrán vidas emocionantes y se llenarán de neurodiversión, citando a Paola Aguilar.

Malamente, cuando las personas están en el espectro más “disfuncional” suelen recibir un castigo social enorme por una condición cerebral que no eligieron y que podría ser tratada si tan sólo recibieran tratamiento; mientras que cuando están en el otro extremo se les llega a considerar idiots savant, genios que por motivos misteriosos no pueden encontrar motivación para lavar los trastes y que posiblemente desarrollen una relación insana con el dinero, o las drogas, o el sexo, o la vida: como diría Maté también, el TDAH a veces sólo nos hace mejores adictos al trabajo.

El espectro que va del castigo al TDAH a su romantización es una forma de injusticia terrible: en el peor de los casos, produce ciudadanos miserables, en el mejor, ciudadanos eficientes para el sistema pero inestables e infelices.

Sin embargo, la gran mayoría habitamos un punto medio en el que nuestros rasgos nos joden la vida en unos aspectos y la levantan en otros. Este punto medio no es un balance. Hasta creen. Por el contrario, es un punto frágil: la última pieza de una torre de jenga a punto de caerse.

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Y así podemos pasar una vida entera, hasta que un día la torre se derrumba.

(Y como tenemos TDAH, quizás volvamos a construir la torre porque pues qué divertido, pero tampoco lo haremos con todo el cuidado porque ps qué difícil).

(Quizás, nomás).

Un ejemplo concreto de la diversidad de montañas rusas se puede encontrar en la sugerencia que varias investigadoras han hecho sobre la existencia de varios subtipos de TDAH, uno de ellos sin la “H”: existen problemas en la atención y el control de los impulsos, pero no necesariamente existe hiperactividad. Este subtipo, además, se dice que suele ser más común en mujeres que en hombres, quizás por cuestiones asociadas a la socialización diferenciada por género.

El reconocimiento de esto es importante. El déficit de atención se suele diagnosticar en la infancia usualmente después de presentar problemas de aprendizaje y/o de conducta.

Digamos, un niño se para en la mesa, reprueba materias, no pone atención. Lo mandan a evaluación y, voilá.

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Sin embargo, no todas las personas con déficit de atención tendrán este perfil.

Una niña tímida podría estar sentada en el salón, con la mano en la libreta y la mirada hacia el pizarrón, siendo felicitada por una maestra que no se dio cuenta que su mente dejó de habitar este multiverso horas atrás.

(Por otro lado, ¿qué entendemos por hiperactividad? No toda hiperactividad es física. Hace poco, una persona con TDAH me preguntaba si ella presentaba el perfil hiperactivo. En principio, ella creía que no: no tenía dificultad de quedarse sentada en un mismo sitio por horas, no presentaba movimientos de stimming, no es particularmente activa físicamente.

Entonces hablamos sobre sus hábitos de sueño: si se acuesta a las 10 de la noche, a las 10:10 se levantará al baño, a las 10:30 dejará su celular, a las 10:40 repasará su lista mental de pendientes, a las 10:45 volverá a ir al baño porque ah, la vejiga siente tanto, a las 10:50 volverá a revisar su celular, a las 11:00 dirá “órale, ya es muy noche, debería irme a dormir” y a las 11:10 se levantará otra vez al baño porque no vaya a ser).

La diversidad de montañas rusas y la falta de entendimiento profundo sobre lo que es el TDAH, particularmente en las consecuencias emocionales y relacionales de sus aspectos cognitivos, provoca que sea invisible a plena vista.

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Existe un chiste común entre las personas con TDAH sobre cómo nuestra depresión y/o ansiedad muchas veces sólo es TDAH no tratado. O quizás no es un chiste, no lo sé. Tener TDAH es como ser simultáneamente la niña que le dice al rey que está desnudo y el rey que se da cuenta que con razón todo el tiempo lo miraban raro.

(Y tanto la niña como el rey hicieron lo que hicieron nomás porque estaban aburridos y necesitaban sentir algo).

Por fortuna, yo pude recibir tratamiento.

En mi caso, resultó en una mezcla de psicoterapia y medicamento. Antidepresivos durante casi un año y metilfenidato de liberación prolongada por las mañanas (y a veces, en días pesados, una pastilla de liberación corta por las tardes). Esta última sustancia la sigo tomando.

La primera vez que tomé metilfenidato, me puse a llorar en la puerta de mi casa después de hacer el súper. No hay manera decorosa de decirlo, pero es lo que pasó. Le dije a Paola “así se siente ser normal”. Después me enteraría que esa reacción es común.

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A raíz del diagnóstico y tratamiento, mi vida cambió.

Básicamente, he ido recuperando poco a poco las funciones que perdí durante ese primer año de pandemia, he podido disfrutar más la vida sin abrumarme, he aprendido a vivir sin tanta culpa por esos pequeños rasgos de mí que a veces la hacen divertida y a veces insoportable. Sobre todo creo que me dio un mapa para afrontar el día a día: lo que no se nombra no existe y ahora me siento más pleno en mi existencia.
(Lo que quiero decir es que ya me gusta más mi montaña rusa. No sé de montañas rusas, pero supongo que ahora es una que no se pone rara cuando llueve.)

(Por cierto, el otro día leí un tuit que decía: “El impulso del TDAH de usar un paréntesis en cada oración [porque cada pensamiento viene con contenido adicional]).

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A raíz de la pandemia he visto a varias personas cercanas a mí ser diagnosticadas con TDA(H). Para todas es un proceso distinto y para todas es un proceso complejo. Pero para la gran mayoría, ha sido una cosa buena.

En cierto modo, uno aprende que la vida no tiene que ser como siempre ha sido y que, con el acompañamiento adecuado, es posible habitarla de manera más plena.